El CIO como socio estratégico de las operaciones

Vivimos un momento de inflexión tecnológica que pocas industrias han experimentado con tanta intensidad como la minería y los servicios industriales. Las herramientas que hoy existen, inteligencia artificial, analítica en tiempo real, automatización, operación remota, tienen la capacidad real de transformar la manera en que operamos, decidimos y protegemos a las personas.

Eso es una oportunidad extraordinaria. Pero también entraña un riesgo que no siempre se nombra con claridad: el riesgo de incorporar tecnología sin transformar realmente nada. De cambiar el papel por una pantalla, el archivo físico por la nube, y seguir operando con la misma lógica de siempre. Las empresas que no distingan entre digitalizar y transformar corren el riesgo de invertir mucho para cambiar poco. Y en un mercado que avanza rápido, quedarse quieto tiene un costo que no aparece en ningún balance, pero que se siente en la competitividad.

Por Cristóbal Charad, Gerente General de Río Loa.

La inteligencia artificial, los datos en tiempo real y las nuevas plataformas tecnológicas están redefiniendo lo que es posible hacer en terreno. Y eso exige un cambio equivalente en quienes lideran la tecnología dentro de las empresas. El CIO que administra infraestructura sigue siendo necesario. Pero el CIO que transforma operaciones es el que marca la diferencia. No es el custodio de los sistemas, es el que traduce las capacidades tecnológicas disponibles en ventajas competitivas concretas para el negocio.

En Río Loa comenzamos este camino digitalizando formularios operacionales y desarrollando paneles de control apoyados por inteligencia artificial para visualizar indicadores en tiempo real. Sin embargo, rápidamente entendimos que el verdadero cambio no consistía en reemplazar el papel por una pantalla, sino en utilizar esos datos para rediseñar la forma de operar. Esa misma lógica nos ha llevado a evaluar permanentemente tecnologías disponibles en el mercado para resolver problemas concretos. No buscamos incorporar tecnología porque esté de moda; buscamos resolver desafíos que hace pocos años simplemente no tenían solución.

Ese cambio también modificó la forma en que entendemos la innovación. Durante mucho tiempo la conversación comenzaba preguntándonos qué sistema necesitábamos comprar. Hoy comienza con una pregunta completamente distinta: ¿qué queremos resolver? La diferencia parece sutil, pero cambia por completo el rol de la tecnología dentro de una organización. Cuando el problema está bien definido, la tecnología deja de ser el objetivo y pasa a ser el medio.

También cambió nuestra forma de mirar el mercado. Hace algunos años esperábamos que apareciera una nueva tecnología para transformar la operación. Hoy la mayoría de esas soluciones ya existe y ha sido validada en distintas industrias. El desafío ya no está en inventarlas, sino en identificarlas, disponibilizarlas para la operación e integrarlas de manera inteligente. La verdadera innovación ya no consiste en desarrollar tecnología, consiste en aplicarla antes que los demás allí donde realmente genera valor.


Más datos que nunca, menos conocimiento

Sin embargo, existe un desafío del que se habla mucho menos y que, en mi experiencia, explica gran parte de los fracasos en los procesos de transformación: la acumulación desordenada de tecnología. Con el tiempo, cada área comienza a resolver sus propios problemas incorporando herramientas específicas. Recursos Humanos utiliza una plataforma, Operaciones otra, Mantención una distinta, Prevención de Riesgos otra más, mientras la información crítica termina distribuida entre distintos sistemas y carpetas compartidas que nadie gobierna realmente. Paradójicamente, las empresas terminan teniendo más datos que nunca, pero menos capacidad para convertirlos en conocimiento.

Ese escenario no representa un problema tecnológico; representa un problema de arquitectura y de liderazgo. El CIO estratégico debe construir un ecosistema donde la información pueda conversar entre sí, definir criterios comunes para incorporar nuevas soluciones y asegurar que la tecnología responda a una visión integral del negocio. La transformación digital no consiste en sumar plataformas. Consiste en lograr que todas ellas trabajen como una sola operación. El desafío dejó de ser tecnológico; pasó a ser estratégico.


El trabajo empieza cuando la tecnología ya está instalada

Pero incluso una arquitectura tecnológica impecable puede fracasar si olvida el componente más complejo de cualquier transformación: las personas. Implementar un nuevo sistema es relativamente sencillo; lograr que una organización cambie la forma en que trabaja es un desafío completamente distinto. El cambio siempre genera incertidumbre, porque modifica hábitos, responsabilidades y formas de tomar decisiones. He visto proyectos técnicamente exitosos que nunca generaron impacto porque nadie explicó con claridad por qué era necesario cambiar.

Por eso creo que el verdadero trabajo del CIO comienza cuando la tecnología ya está implementada. Su desafío no es solo poner en marcha una plataforma, sino generar las condiciones para que las personas la adopten, la integren a su trabajo diario y comprendan el valor que aporta. La tecnología puede acelerar una transformación, pero solo las personas pueden convertirla en una nueva forma de operar.


Ese enfoque nos ha permitido incorporar herramientas que hace pocos años parecían lejanas. La inteligencia artificial transforma grandes volúmenes de datos en información útil para la toma de decisiones. Los paneles de control en tiempo real permiten anticipar desviaciones antes de que se conviertan en incidentes y gestionar la operación con una velocidad impensada hace solo algunos años. Los sensores inteligentes monitorean trabajadores en terreno y permiten reaccionar oportunamente frente a una emergencia. Las plataformas biométricas ayudan a verificar si un operador se encuentra en condiciones óptimas para ejecutar una tarea crítica.

La operación remota comienza a retirar a las personas de las tareas de mayor exposición y la robótica está asumiendo actividades repetitivas o de alto riesgo. Al mismo tiempo, modelos tridimensionales, gemelos digitales y realidad virtual permiten recorrer una instalación, identificar riesgos y entrenar equipos completos antes de ejecutar una intervención crítica. Dejamos de explicar el trabajo para comenzar a experimentarlo antes de realizarlo.

Ese recorrido nos dejó una convicción que hoy guía cada decisión: la tecnología más valiosa no es la más sofisticada, sino la que llega donde más duele. En cada uno de esos cambios, el CIO estratégico no fue quien instaló la herramienta, fue quien entendió el problema del negocio y encontró la manera correcta de resolverlo.

La velocidad con que evoluciona la tecnología hace imposible predecir cómo serán las operaciones en los próximos años. Lo que sí parece claro es que la ventaja competitiva ya no estará en desarrollar la próxima gran innovación, sino en la capacidad de identificar las tecnologías que hoy existen y aplicarlas con inteligencia donde realmente generan valor. Esa es la función del CIO como socio estratégico: no gestionar sistemas, sino transformar posibilidades tecnológicas en mejores decisiones, operaciones más seguras y mayor valor para los clientes. Hace algunos años la tecnología apoyaba las operaciones, hoy comienza a definirlas.

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