No confundamos creación de empresas con creación de valor

Jacinta Fanjul, Directora Ejecutiva Hub Metropolitano, aborda en esta columna la paradoja entre una cada vez mayor constitución de empresas, la fragilidad laboral y la creación de valor.
Jacinta Fanjul, Directora Ejecutiva Hub Metropolitano.

Por Jacinta Fanjul, Directora Ejecutiva Hub Metropolitano.

El INE lo confirmó este viernes 31 de julio: en el trimestre abril–junio 2026 la desocupación nacional llegó a 9,4%, un alza de 0,5 puntos porcentuales en doce meses, con la Región Metropolitana en el mismo nivel. La cifra llega, además, justo cuando el Imacec de junio sorprendió con un alza de 2,4% y alejó el riesgo de recesión técnica. Pero el dato que de verdad debería inquietarnos es otro: en la misma semana, el Registro de Empresas y Sociedades celebraba 120.399 nuevas constituciones entre enero y junio —el mejor primer semestre desde que existe el sistema—, mientras la Superintendencia de Insolvencia y Reemprendimiento reportaba un alza de 25,4% en liquidaciones voluntarias, de las cuales el 56,6% corresponde a procedimientos iniciados en la Región Metropolitana.

Ambas cifras se presentaron como noticias distintas. En realidad cuentan la misma historia, y conviene decirla sin rodeos: Chile está confundiendo la creación de empresas con la creación de valor. Abrir un negocio nunca había sido tan fácil —hoy se constituye en un día a través del sistema Empresa en un Día—, pero que sobreviva nunca había sido tan difícil. Mientras midamos el éxito de la reactivación por cuántas empresas nacen, y no por cuántas llegan a su tercer año, cuántas contratan personas y cuántas aumentan su productividad, seguiremos celebrando récords estadísticos mientras crecen, en paralelo, la cesantía y las quiebras.

Esta transformación no se puede leer con un solo indicador. Según la Encuesta Suplementaria de Ingresos (ESI) 2025 del INE, el ingreso laboral mediano en Chile es de $680.000, y quien trabaja por cuenta propia gana en promedio $534.267, muy por debajo de los $1.019.104 de un asalariado privado. La brecha golpea en particular a las mujeres —ingreso mediano de $600.253 frente a $701.985 de los hombres, y desempleo de 10,4% frente a 8,7%, según el Boletín ENE— y se agudiza entre los jóvenes, para quienes la falta de experiencia es la principal barrera de entrada al primer empleo según Cadem y Arcos Dorados, y entre los mayores de 50, que tardan en promedio 10,5 meses en reinsertarse, de acuerdo con el OCEC-UDP.

Las MiPymes no pueden mirar esta tendencia ajenamente: son el destino de quienes hoy emprenden no por elección, sino por necesidad. En otras palabras, la fragilidad del empleo termina trasladándose a la fragilidad empresarial.

En primer lugar, los números confirman la trampa. El 80,6% de esas 120.399 constituciones corresponde a Sociedades por Acciones (SpA), y esa fiebre fundacional convive con un salto de 14,3% en trabajadores por cuenta propia y de 29,3% en personas empleadoras en la Región Metropolitana, según el mismo Boletín ENE. ¿Cuántas de esas constituciones son proyectos de crecimiento, y cuántas son cesantía disfrazada de RUT? La diferencia importa: en muchos casos, los créditos corporativos exigen al representante legal firmar como aval, de modo que el cierre de un negocio puede convertirse en la pérdida del patrimonio familiar.

En segundo lugar, esta paradoja tiene una explicación estructural que rara vez se nombra. Las startups concentran el financiamiento cuando despegan, pero pocas logran escalar. Son las Mipymes tradicionales —las que no duplican su tamaño cada año— las que sostienen el empleo de millones de personas, hoy bajo una presión inédita: márgenes que una inflación de 4,3% en doce meses sigue estrechando, digitalización forzada, competencia global e inteligencia artificial. La mayoría no fracasa por falta de ideas, sino porque enfrenta un ecosistema fragmentado —financiamiento por un lado, capacitación por otro, digitalización por otro, permisos por otro—. El problema ya no es la falta de instrumentos: es la falta de articulación. Las 22 propuestas de la Mesa de Reactivación Laboral, conocidas a fines de junio, apuntan en esa dirección, pero solo funcionarán si dejan de operar como piezas sueltas.

Finalmente, en la Región Metropolitana esta tarea no es abstracta. Hay que colaborar para convertir a Santiago en la capital del emprendimiento de América Latina, y el Hub Metropolitano —un proyecto que nace del Gobierno de Santiago, ejecutado por Fundación Chile— se dedica justamente a eso. Pero esa ambición solo vale la pena si se mide por cuántas empresas siguen de pie en tres años, y no por cuántas se inscriben en el primero. Ninguna institución territorial resuelve por sí sola un déficit de cerca de un millón de personas desocupadas. Porque una economía no progresa cuando abre más empresas: progresa cuando esas empresas permanecen, innovan, generan empleo y crean valor.

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