En el escenario actual, Internet y la Inteligencia Artificial (IA) se han entrelazado profundamente, dando forma a un “nuevo sistema operativo” más potente. Si bien la IA permite romper barreras lingüísticas, personalizar servicios y mejorar la experiencia digital, también ha potenciado riesgos conocidos, facilitando engaños cada vez más difíciles de detectar y contenidos sintéticos cada vez más convincentes.
En este contexto, el Protocolo PPC (Parar, Preguntar y Contrastar) sigue siendo el aliado fundamental del usuario:
Parar: ante cualquier urgencia injustificada o emoción intensa, detenerse; estas tecnologías suelen explotar nuestra reacción inmediata.
Preguntar: usar la tecnología a nuestro favor mediante un “bastón digital”, como asistentes de IA defensiva capaces de detectar anomalías y patrones de fraude en segundos.
Contrastar: no confiar en una sola fuente y verificar siempre la información por un canal alternativo e independiente.
Este protocolo es vital, pero no puede ser nuestra única defensa frente a infraestructuras donde la vigilancia humana individual ya no es rival para amenazas de escala industrial. Un Internet seguro es el resultado de una responsabilidad compartida.
En la vida cotidiana, como conductores, usamos el cinturón de seguridad y manejamos con responsabilidad, y damos por sentado que el automóvil pasó rigurosas pruebas de choque antes de salir a mercado y que el ambiente donde transita cumple estándares mínimos de seguridad. Del mismo modo, en el ciberespacio, los gobiernos deben actuar como arquitectos de reglas que protejan los derechos fundamentales y las plataformas deben ofrecer tecnologías con seguridad por diseño.
El desafío es que el Internet seguro dependa de la integridad de las arquitecturas que lo sostienen, y no solo de nuestra capacidad individual para no ser engañados.





